Jueves 9 de Julio de 2026

HOMILIA DEL OBISPO ARIEL TORRADO MOSCONI

Sembradores de esperanza y cultivadores de la paz

Homilía del obispo de Nueve de Julio, Ariel Torrado Mosconi, en el Tedeum con motivo del aniversario de la Independencia, en la Iglesia catedral santo Domingo de Guzmán, el jueves 9 de julio de 2026 (Mt 13, 1-23)

 “A todos los fieles católicos, a todos los cristianos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad les dirijo un vehemente llamamiento: no temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo. Como Nehemías, oremos, proyectemos con sabiduría, trabajemos con perseverancia, poniendo a Dios en el horizonte de nuestro actuar y al ser humano en el centro de nuestras decisiones. Entonces las piedras desechadas —los pobres, los enfermos, los migrantes, los pequeños— se convertirán en piedras angulares, y sobre la tierra surgirá un hogar común sólido y hospitalario, donde el amor y la verdad finalmente se encontrarán, y la justicia y la paz se besarán (cf. Sal 85,11). Esta es la bendición que imploramos a Dios y la tarea que tenemos por delante: ser constructores de comunión, no arquitectos de Babel; siervos del Reino que viene, no dueños de torres destinadas a derrumbarse.
Y, con ánimo de pastor y de padre, pido a todos que detengan la construcción de la enésima Babel y que unan fuerzas para edificar en el bien, para que la humanidad nunca pierda su propia belleza y el mundo pueda reconocer una vez más, en el corazón del ser humano, el lugar donde Dios desea habitar” (MH 16).

Introducción: sembrar la esperanza embarrándonos las botas

Es, propiamente, fuente de esperanza y alegría encontrarnos aquí, en la Iglesia catedral, creyentes y personas de buena voluntad, en gesto de fraterna convivencia para conmemorar unidos, agradecidos y suplicantes, el aniversario de nuestra independencia nacional. 

A mediados de mayo del presente año, el Papa León nos regaló su primera carta encíclica “Magnifica humanidad / La magnífica humanidad que Dios ha creado”. Cuando oímos esta expresión encíclica”- podemos estar tentados de pensar que se trata de un texto complejo y abstracto, escrito para pensadores e intelectuales, ocupados en cuestiones muy diferentes a las que nos urgen día a día a los ciudadanos de estos pagos, que cada mañana debemos levantarnos para procurarnos el pan con el sudor de la frente, tal como lo dice la expresión bíblica. ¡Sin embargo, no es así!

Ya en su introducción, en el número 16, el Santo Padre nos habla y convoca a algo que resulta luminoso y alentador para nosotros, habitantes de estos “pagos” del interior profundo de la patria: cómo se cultiva y edifica el bien común de una sociedad desde lo pequeño y corriente del trabajo y la convivencia cotidiana.

El Papa nos dice, en párrafo citado, que la comunidad no puede vivir encerrada en sí misma como en una burbuja. No es un club cerrado de gente perfecta que mira el mundo desde la ventana. Así se corre el riesgo del ensimismamiento y la consiguiente asfixia social. El texto nos recuerda que nuestra esperanza debe “embarrarse las botas” si quiere desarrollarse, progresar y alcanzar el bien común. Debemos sembrar con esperanza, responsabilidad y paciencia, caminando nuestras calles y caminos, entrar a nuestras instituciones y reconocer el valor de los que sostienen al pueblo con su quehacer de cada día. Sin este compromiso con la realidad concreta de nuestro distrito, esta conmemoración se vuelve una vana pieza de museo. ¡La esperanza no es un pergamino que se guarda en una vitrina, sino un accionar responsable y esforzado en el conjunto del entramado social!

1. Protagonistas de la propia historia y el valor de la educación

¿Y cuál es nuestra realidad hoy aquí? El Papa se refiere a los cambios de época, situándolos en el marco de la era de la inteligencia artificial. Y nosotros notamos a diario estas 3 transformaciones en tantos ámbitos y aspectos. Para que una ciudad y partido no se quede vacío, para que los pibes no sientan el fantasma del desarraigo y tengan que mirar siempre a las grandes ciudades, necesitamos pilares firmes. En el texto de referencia se nos llama a estar a la altura de tales cambios discerniendo y apoyando las herramientas que dan futuro.

Y es ahí cuando miramos al ámbito de nuestra educación local. Estar insertos en la realidad significa que, como comunidad, valoramos y acompañamos con alma y vida a nuestras escuelas: las escuelas públicas y privadas, los jardines de infantes, las escuelas agropecuarias o técnicas de la zona. Esos docentes que no solamente enseñan matemáticas o historia, sino que muchas veces contienen, escuchan y les enseñan a los chicos a usar las nuevas tecnologías acá, en su suelo, para que el progreso no signifique tener que armar las valijas. No podemos ser indiferentes. Debemos comprometernos y sostener las instituciones educativas, “meternos” en la cooperadora de la escuela, apoyar el trabajo de los maestros y decir: "Acá estamos porque, en las aulas de nuestro pueblo, se siembra la dignidad del mañana".

2. El diálogo sereno y el cuidado de la salud

Otro aspecto abordado por el Santo Padre, es el de saber mirar la historia con humildad. Nos dice que el camino de una comunidad nunca es juzgar con soberbia desde un pedestal, ni la intolerancia que hace de la palabra un arma arrojadiza sobre los que no comparten la propia visión de las cosas. El camino es el diálogo sereno y apacible, que se traduce en el cuidado mutuo y la convivencia madura. En las localidades chicas nos conocemos todos, y sabemos que la vida se sostiene gracias a los que se entregan por los demás de manera silenciosa, abnegada y generosa.

Pensemos en nuestro sistema de salud, en el hospital local, en las salitas de primeros auxilios de los barrios, en los hogares de ancianos. Pensemos en los médicos, en los enfermeros y enfermeras que atienden a cada vecino necesitado, que hacen largas 4 guardias y que conocen el dolor de cada familia. El anuncio apacible del que habla el Papa se vive ahí: cuando la comunidad se une al esfuerzo de la salud pública, no con discursos teóricos, sino con el respeto, el cuidado y el acompañamiento. Se trata de derribar los alambrados del egoísmo. Cuando un enfermero atiende con paciencia a un abuelo del pueblo, o cuando la comunidad colabora para que la salita tenga lo que necesita, ahí se está sembrando esperanza, cultivando convivencia. También se “hace patria” cuidando el cuerpo y el alma del vecino, sin importar quién es, lo que piensa o de dónde viene.

3. La verdad y tarea compartida en nuestros servidores públicos y bomberos

Por último, León decimocuarto, nos dice algo precioso: no somos poseedores de la verdad ni tenemos la razón en la visión de la realidad como un trofeo que empodera y nos pone por encima de los demás. La convicción de la dignidad humana, de lo sagrado de cada persona que debe y merece ser protegida, es un bien compartido que nos une a todos los servidores de la localidad. Esto nos hace “cuidadores” unos de otros, como vacuna y antídoto ante la indiferencia y un peligroso individualismo, que corre el riesgo de infiltrarse subrepticiamente en los pliegues de nuestras almas y en las grietas de nuestra sociedad.

Y si hablamos de proteger la vida, ¿cómo no pensar en nuestros bomberos? Ellos son el ejemplo más claro de cuanto quiere significar este punto del documento papal: el llamado a cuidarnos “los unos a los otros”. Cuando suena la sirena del cuartel, el bombero deja la mesa familiar, deja el trabajo en el campo o el taller, y sale corriendo a meterse en el fuego, a cortar los fierros en la ruta o a sacar a los inundados en los barrios o pueblos rurales. No pregunta a quién se está salvando; no le pide el carnet de afiliación a nadie. Da la vida por el prójimo por el solo hecho de ser un hermano de su comunidad. Ese mismo espíritu de servicio lo vemos en los policías de la comisaría local, en los empleados municipales que mantienen los caminos y los espacios públicos, en 5 los trabajadores de la cooperativa eléctrica que salen bajo la tormenta a levantar un poste para que el pueblo no se quede a oscuras. Toda esa red de servidores públicos expresa la verdad de la que habla el Papa: que estamos llamados a cuidarnos los unos a los otros, que la vida de cada vecino vale más que cualquier interés individual o sectorial.

Conclusión: Tranqueras abiertas para convivir, trabajar y servir

Queridos vecinos, para terminar, pensemos en la imagen de la siembra. Ningún productor guarda la semilla en un frasco en el galpón para que no se ensucie. La semilla se tira a la tierra, se expone al clima y busca dar fruto para todos.

El texto citado de León decimocuarto nos llama precisamente a ello: dejar de ser una comunidad “de galpón” para pasar a ser una sociedad que “siembra” abnegada y esforzadamente. Una comunidad que sabe agradecer y se suma a “codo a codo” con nuestros maestros, nuestros médicos y enfermeros, nuestros bomberos y cada servidor público. Que Dios bendiga las manos y la vida entera de todos cuantos sostienen la vida de nuestro pueblo y nos haga el regalo de su bendición para seguir siendo un pago de tranqueras abiertas, sembradores esperanzados, cultivadores responsables y generosos del bien común. Así sea con la ayuda de Dios.

+Ariel Torrado Mosconi Obispo de Santo Domingo en Nueve de Julio
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